Arena | Para leer on line~

Buenas tardes~

Después de unos días sin actualizar, hoy traigo otra obra para leer aquí en el blog. Se trata del relato con el que inicié este camino de largo recorrido, Arena. Una pequeña ventana al océano que acompañé con un audio del sonido de las olas (Os lo incluyo aquí también, al comienzo del relato).

Como novedad, os presento la nueva portada: más acorde en cuanto a diseño y presentación. Por entonces una comenzaba en el mundo de la edición de portadas y desde entonces ha llovido mucho y yo aprendido un poco más ;)

Ojalá os guste tanto como a mí ^^



Como siempre, te recuerdo que son también creaciones propias y con derechos de autora ^^

Sinopsis para abrir boca:
Este pequeño relato encierra un delicioso y fugaz instante dorado por el sol y el deseo entre dos hombres.


Por cierto, sobre la nueva novela: ya he sobrepasado las 450 páginas y estimo que alcanzaré las 600 cuando la termine. Desde aquí agradeceros vuestra paciencia y los ánimos que me dais para finalizarla pronto ^^

Os recuerdo que más abajo tenéis la obra de Arena para leerla aquí en el blog. Pero si lo que quieres en descargártela, entonces pica aquí.

Besitos y buen inicio de semana para todxs ;)


Eleanor Cielo~















Deslizó suavemente las yemas de los dedos sobre aquella piel. Con sabor salado acaparó su lengua y el recuerdo del agua de mar entumeció sus sentidos.



Saboreó lentamente aquel nuevo recuerdo, acariciando la textura de la epidermis salada, con su fragancia natural y aquella nueva esencia. Esta vez deslizaría su lengua, deteniéndose en cada poro, en cada pequeño rincón de aquella piel que cubría al ser por el que se dejaba traspasar cada noche, cada ocasión donde el ocaso encerraba la luz hasta el nuevo día. Aquella lengua que reconocía como suya seguía lamiendo la superficie desnuda de su cuerpo, buscando la miel que sabía encontraría.



Por un pequeño lapso de tiempo creyó oír cómo las papilas gustativas rozaban los diferentes poros, cómo chocaban unos contra otros; describiendo una melodía seca, sorda y erótica. Insistiría la lengua en descubrir aquella composición musical, la que el cuerpo mojado y aún caliente desprendía sobre la arena dorada y limpia.



La playa estaba desierta. Las olas iban y venían lamiendo la orilla con sonido atronador pero hipnotizador; repartiendo aquel penetrante olor mientras arremetía contra el continente.



Despertó cubierto con la saliva que aún permanecía caliente pegada a su dermis. Alzó una de sus vigorosas manos y lo atrajo para sí, profanando una vez más su boca, introduciéndose en ella con convicción, dominando a su compañero; quien se había visto obligado a dar por terminada la recolección del salino néctar. Acto seguido lo atrapó contra su pecho y la caliente arena, mientras – y a propósito- intentaba rozar su sexo con el contrario. Erguidos ambos y desprendida la humedad, los besos se volvieron más intensos. Una de aquellas lenguas de fuego comenzó a violar sin remordimientos la de aquel que había dejado de creer que él era el experimentado. Éste contemplaría a su compañero morder con insistencia sus labios ahora morados: su pelo muy corto, rubio y dorado como debió ser el cabello del ángel que sería expulsado del paraíso para siempre; aquellos grandes y perfilados ojos, penetrantes… y su piel. Su piel que hasta entonces había sido confundida con la suave fragancia masculina, ahora se tornaba salvajemente salina.



Pero su larga cabellera negra era desarmada sobre la infinita arena, oía cómo los dedos del otro jugueteaban con ella, con cada brizna que escapaba del azabache. Lentamente algunos de aquellos dedos comenzaron a colarse por la oquedad que formaba su boca, impregnándose de la abundante saliva que se escapaba de aquella marea cálida. Los sexos seguían inmersos en aquella muda conversación cristalina hasta que la blanca espesura estallaba adornada del vaivén de las olas, espumosas y eternas.



Pero los besos más dulces y deseados habían quedado para el final. Agarró su cabeza entre sus manos, y sin cerrar los ojos, comenzó a devorar con mesura al rubio, indolente. Ahora abordó una de las muñecas que aún lo sujetaban contra la arena. Atrapó la carne entre sus dientes y mereció situarse en el límite del dolor y el placer, venerando cómo el otro dejaba escapar un lastimero gemido que lo animaba a seguir.



Las olas seguían rozando la arena con la punta de sus lenguas. El sonido incluso se volvió apasionado. Sin embargo, aquello no importaba para los dos cuerpos que, sobre lo infinito de la arena, se fundían y descubrían en el orgasmo más delicioso.

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