Amor volat. Dulcis amor | Sexto Volumen~

Buenas tardes~

Han pasado muchos meses desde la última vez que escribiera páginas nuevas para la historia de Amor volat. Dulcis amor. De hecho, os confieso que no estaba muy segura de cuándo lo haría debido a que la creación de mi segunda novela ha acaparado toda mi labor creativa desde mayo; vacaciones de agosto de por medio. Sin embargo, gracias a esta encuesta y especialmente a vuestros votos he podido rescatarla ;)

Y aquí está el esperado sexto y novísimo volumen. Los inéditos capítulos 12 y 13 ya están aquí y con ellos nuestros personajes, que vuelven a estar más vivos que nunca... qué sucederá con Gonzalo, Iván, Pietro, David,...? Especialmente desde la última vez que...

Portada del sexto volumen~


Me he percatado de que muchxs de vosotrxs accedéis a este blog a través de móviles u otros dispositivos. Ante este hecho, he decidido que a partir de ahora también podréis leer mis obras aquí, en mi propio blog y antes que en ninguna otra plataforma a excepción de Safe Creative donde siempre estará para descargar en .pdf.

Dicho esto, organizaré la entrada para que la lectura sea posible sólo al picar sobre el link de la misma y no si accedéis a la página principal del blog: todo para que no os salte el texto sin previo aviso ;) Tenéis los nuevos capítulos al final de la entrada.


Como siempre, recordaros las características de la descarga y el volumen en sí:

Puedes:
  • Descargártela de forma totalmente gratuita las veces que quieras.
  • Ponerla en tu blog o página con mis créditos o mención de su autora y web. (Ponte antes en contacto conmigo).
  • Pasársela a tus amigxs o a quien desees.

Sin embargo, no puedes:
  • Decir que la obra es tuya.
  • Venderla ni lucrarte económicamente con ella.
  • Y tampoco hacer una obra a partir de modificar la mía.

En cualquier caso, siempre puedes consultarme por si tienes alguna duda o pregunta ;)
  • La obra para descargar AQUÍ.
  • Mi perfil en Safe Creative AQUÍ.
  • Info sobre las licencias de esta obra AQUÍ.

Espero que la obra os guste tanto como a mí y que esta nueva opción de leerla aquí os sea de utilidad. Será un placer leer vuestras opiniones o impresiones

Recordaros que en los días siguientes estará disponible en Wattpad y Scribd para leer on line y/o descargar también.

Sin más por el momento, me despido deseando que tengáis un estupendo fin de semana ;)

Eleanor~




~Capítulo XII~


La noche había caído y pronto encendieron las antorchas en el exterior. Poco a poco, el palacio iba reestableciendo la calma así como la de sus habitantes y soldados. Las patrullas habían regresado sin lograr encontrar al infante y los perros yacían dormidos junto a las caballerizas, acompañados por el tibio relinchar de los équidos y el suave aroma de la paja fresca. El silencio nocturno era sólo roto por los cambios de guardia.

Pietro aguardaba junto al ventanal, mudo. Sus manos, entrelazadas detrás de la espalda, dejaban a la vista sus dedos engarzados y la claridad de sus palmas. Inmóviles, captaron la atención de Iván cuando entró en el interior del despacho, donde varios altos mandos del ejército exponían sus planes para localizar al joven príncipe.

—Su Alteza, al alba partiremos hacia diversos puntos de la península. Algunos de nosotros nos embarcaremos y otros dispondrán de las diversas vías que unen Génova con las ciudades más próximas —explicó el más corpulento.
—Se trata de partir desde aquí para irradiarnos hacia fuera. Estamos muy seguros de que encontraremos a alguien que pueda arrojarnos luz sobre el paradero del Excelso Infante —señaló el más joven de los militares.
—Tenemos la certeza de que huyó de la ciudad con la ayuda de algún desconocido que ignoraba de quién se trataba… aunque también creemos que Su Excelencia ha ocultado su identidad para pasar, lógicamente, desapercibido…—dijo alguien.

Un rumor de aprobación se extendió por la sala y las diferentes figuras castrenses intercambiaron sus miradas para corroborar que las hipótesis realizadas eran compartidas por todos. Algunos de ellos dirigieron su atención hacia el monarca, quien permanecía de espaldas y sin pronunciarse. Por su parte, Iván había tomado asiento pero apartado de la mesa donde los militares se disponían reunidos unos frente a otros. El prelado computó hasta un total de diez hombres.

—Algunos de nosotros consideramos que posiblemente haya evitado el sur debido a la amenaza turca. Por lo que Sicilia o Nápoles son escenarios poco menos que improbables…—de nuevo el más corpulento.
—Atenderemos especialmente al norte y al este. Quizá en tierras francesas o del norte de la península. No obstante, no descartaremos ningún frente —el más joven parecía resuelto.
—Sin embargo, también hemos deliberado acerca de la discreción de este cometido. Conocer las razones por las que Su Alteza haya abandonado el palacio puede, sin duda, ser útil para averiguar su paradero…—comentó alguien.

A continuación, se produjo un breve silencio. Los hombres parecían incómodos sobre sus sillas selectas y aristocráticas, aguardando alguna señal para proseguir con la exposición de argumentos. Miraban de reojo hacia Pietro, pero ninguno deseaba ser el próximo en pronunciarse. En algún momento, el olor a cera quemada de los diversos candelabros repartidos por la habitación hizo del espacio un lugar opresivo.

—Ruego disculpéis mi intromisión, Señores y Lores de la guerra. —Una voz rompió la tensión del ambiente. Inmediatamente, todos los militares se giraron, sorprendidos y aliviados, hacia Iván. —He prestado mis oídos a Vuestras palabras, a Vuestros planes y a Vuestras teorías. —El clérigo parecía pensativo y, por momentos, su mirada se extraviaba entre los pliegues de las cortinas de oscuro terciopelo azul del gran ventanal donde Pietro aguardaba impasible. —Permitidme señalar que comparto toda palabra emitida dentro de este Consejo Privado de Excepción, incluidas las que se refieren a que probablemente el Infante David haya pasado desapercibido por voluntad propia. Sin embargo, —y comenzó a dirigirse en un tono solemne a cada uno de ellos —no debemos olvidar de quién se trata. Génova es un gran reino, uno de los más importantes de la península y del mundo cristiano. Un año atrás, realizamos una importante alianza con el Reino del Norte que nos dio prestigio y nuevas aspiraciones. Asentamos nuestra soberanía en todo el norte de la península y parte de los mares aledaños, nuestra influencia brilla más allá de nuestras propias fronteras. —Tomó aire, sereno. —Debemos recordar que todo ello es obra y gracia de Dios, que Nuestros Señores y Majestades cuentan con Su Bendición y Su Protección Divinas. —Se detuvo para poner en orden las siguientes palabras y prosiguió. —Por todo ello, las razones personales de Nuestro Infante sólo conciernen a Dios y a Sus Altezas. Es un pacto entre la Divina Providencia y Aquéllos que gobiernan en Su Nombre.

—Prestad atención, nobles Señores y Lores de la guerra: Nadie en Europa debe estar al corriente de la desaparición del príncipe. —En ese instante, Pietro aflojó la tensión de sus manos y dejó caer sus brazos, relajados. Después, se giraba para acercarse a la mesa y apoyarse sobre ella con los brazos extendidos. Desde allí y de pie, desplegó sus pensamientos. —Partiréis al alba y llevaréis a cabo los planes que habéis expuesto en el Consejo. No obstante, cada escuadrón estará formado sólo por un par de soldados. Sólo quiero a los mejores, los más sagaces y diestros con la espada y la ballesta. Cautos y eficaces. Que pasen desapercibidos allá donde fuesen —sentenció con decisión.
—Así será, Su Majestad —dijeron al unísono.
—Este Consejo Privado de Excepción queda clausurado.

Y acto seguido los diferentes militares abandonaban la sala. Sólo Iván continuó en ella, localizado sobre el sillón donde había permanecido desde que llegara. Cuando Pietro reparó en él, se acercó.

—Quisiera estar a solas, Padre.
—Sólo será un momento…

El prelado observó al monarca con atención. Parecía agotado y sus ojos tenían un extraño brillo que lo perturbaron, algo incógnito parecía agitarse dentro de él.

—Os atiendo.
—Os agradezco Vuestra disposición y entereza. ¿Sería posible que tomáramos asiento? —Y le invitó a sentarse alrededor de la mesa.

Dispuestos frente a frente, Iván entrelazó sus manos y dejó al descubierto su gran anillo rojo rubí, aquél que años antes había besado David por vez primera. Cuando la luz que irradiaba el candelabro se alineaba con él, aquél emitía un modesto brillo escarlata sobre la mesa.

— ¿Y bien? —Inquirió Pietro.
—La próxima semana debo viajar a la ciudad de Roma para un importante cónclave que congregará a miembros de mi misma orden. Será organizada por Su Santidad el Papa. Me tomará quince días. Disculpadme por ello…
—No debéis excusaros. Son Vuestros quehaceres.
—Soy consciente de ello. Sin embargo, reconozco que en estos momentos preferiría permanecer aquí y apoyaros —y posó la mano sobre la suya, conciliador.

Pietro permaneció en silencio y observó al prelado. Sus ojos continuaban desprendiendo aquel extraño resplandor, aunque pronto desvió la mirada, levemente incómodo.

—Nada más podemos hacer en este instante. Habéis sido testigo de mis instrucciones y yo de Vuestra negativa a revelarme lo que él os confesó el día antes de su desaparición.

Las palabras del monarca se incrustaron en el alma del clérigo, rasgándola de forma dolorosa. Su tono había arrastrado cierta amargura y volvió a sentirse culpable, responsable de la suerte de su protegido. Pietro lo miraba con ojos llenos de recelo y su rostro reflejaba la dureza del razonamiento expresado. Iván sostuvo la mirada y, despacio, articuló su sentir.

—Sois el Soberano de Génova, mi Señor en la tierra. Pero comprended que por encima de Vos, está Dios: mi Señor en el cielo. El secreto de confesión es sagrado, no es algo nuevo para Vos… y, no obstante, insistís contra el mismo muro...
— ¡Haré lo que sea para que David aparezca! –Espetó un monarca encendido.
—Majestad, con el debido respeto y prudencia, Os sugiero que no olvidéis las leyes de Dios…
— ¡Si he de pasar sobre ellas, no alberguéis la menor duda de que llevaré a cabo mi propósito! —Se alzó, desafiante. —Ésas son mis palabras, Padre.

Iván podía percibir la rigidez del cuerpo de su interlocutor. Erigido delante de él y separados por la gran mesa, comprendía el punto de inflexión que la huida de David había supuesto para todos, especialmente para el monarca. Se apiadó de la figura que tenía frente a sí y en su ánimo intentó perdonar aquellas palabras que juzgó precipitadas, muy próximas a la herejía.

—Como Os anuncié antes, partiré a Roma la semana que viene. Permaneceré allí algo más de catorce días. Después de ese tiempo, no retornaré a palacio —expresó con aplomo. Se reclinó sobre el respaldo de la silla y esperó la reacción del otro.
— ¿Qué queréis decir…? —su mandíbula se tensó.

Aquel brillo en sus ojos…




~Capítulo XIII~


En ese preciso instante, alguien llamó a la puerta. El prelado dirigió su mirada hacia el lugar de donde procedían los pequeños golpes y luego jugueteó con su anillo, distraído. Cuando la recia madera fue de nuevo aporreada, Iván pudo comprender que quien se hallaba al otro lado parecía impaciente.

—Quizá sean felices noticias… —dijo con tono pacificador. Sus ojos reflejaban ánimo contenido.

El soberano lo miró de reojo, lejos de toda intención por creer en lo que podría ser una esperanza y el regreso del infante. Sin apresurarse fue a abrir mientras el clérigo comenzaba a experimentar las punzadas de un corazón agitado, lleno de anhelo y preocupación. Sin ser consciente de ello se levantó, dejando tras de sí la silla y el remordimiento.

—Puede que así sea. Sin embargo, ello no os exime de Vuestras acciones. —Pietro se había detenido delante del portón, dándole la espalda a su interlocutor.

Mientras el prelado sopesaba aquellas palabras cargadas de resentimiento, finalmente el otro abrió la puerta. Era Lord Mykolas. Lo hizo pasar y lo invitó a tomar asiento. Los dos hombres comenzaron a hablar en la ajena lengua del norte, por lo que Iván desconocía el contenido de aquel diálogo del que a veces se desprendían algunas sonrisas furtivas.

Incómodo e impaciente, se percató de que el monarca no tenía intención de comunicarle si se había producido algún avance en la localización de su protegido. Dejó atrás su asiento y se dirigió al soberano.

—Me marcho a descansar, ruego me excuséis. Tengo la esperanza de que pronto lleguen nuevas acerca del paradero de Nuestro joven Príncipe. Os Imploro ser avisado ante la menor noticia, Su Alteza. Pediré al Altísimo porque se encuentre bien allá donde esté y halle a cristianos de buena voluntad que lo protejan y velen por su integridad moral y religiosa. Buenas noches, Lord Mykolas. Buenas noches, Su Alteza.
—Buenas noches —dijo el norteño en italiano a la vez que sonreía de forma tímida. Luego contempló a Pietro, un poco desconcertado.

Con su habitual paso sereno, el sacerdote avanzó hacia la puerta y, sin mirar hacia atrás, abandonó la habitación. Cerró y se encaminó a su aposento mientras una maraña de sentimientos se agitaba en su interior.

Cuando llegó, se sentó sobre el borde de la cama. Antes, había tomado el rosario que guardaba en el cajón principal de su escritorio; regalo que recibió el día que se ordenó sacerdote y que había conservado con nostalgia. Un rosario formado por cuentas de vidrio verdoso y un libro de oraciones que, como en aquel momento, tomaba para leer de nuevo. Descubrió que el lomo manifestaba ya los primeros signos del uso continuado mientras sus letras doradas apenas eran ahora legibles.

Era de madrugada cuando, extenuado, Iván fue sorprendido por el sueño sobre su lecho. Esta vez, un enorme caballo surgía de las entrañas de una tierra que se consumía en llamas, que vomitaba lava. Estudió el lugar y comprendió que el desierto se abría paso detrás de él. Todo había sido destruido. Sólo el rojo de aquel río y la figura colosal del équido parecían agitarse frente a sus ojos. El cielo, lóbrego y cargado de nubes, emitía un sonido atronador. Daba la impresión de que pronto se desataría una gran tormenta, que la lluvia apaciguaría aquel paisaje desolador e infernal, aquel olor a azufre que impregnaba el ambiente, aquel calor abrasador que ascendía desde el suelo; pero aquella oscuridad sólo parecía agitarse allá en lo alto. La ansiedad ante aquella visión crecía por momentos.

Cuando el sol comenzó a acariciarle los párpados se despertó mareado, confuso. Miró alrededor y se dio cuenta de que, fuera de lo usual, su criado no había aparecido. Nadie de palacio. Se incorporó y se aflojó el cuello de la túnica, que ahora le oprimía. Su estómago comenzó a rugir.

Se alzó y se dirigió hacia uno de los grandes ventanales y, a través de una de las amplias rendijas de las cortinas, pudo averiguar que la tarde había comenzado. La guardia había sido relevada y el sol se dirigía hacia el oeste. Se quedó por un momento pensativo, observando el ir y venir de los habitantes de palacio.

Después de asearse y rescatar varios trozos de pan y queso de la cocina, no sin desconcertarse por algunos gestos extraños que realizaron los siervos que halló, comenzó a escribir varias cartas de regreso a su habitación. Era importante que llegasen a su destino cuanto antes.



Luciana se había abrazado a Gonzalo y no parecía tener intenciones de soltarlo. Había esperado mucho tiempo para que llegase este momento y no estaba dispuesta a compartirlo con nadie, especialmente con algunas otras mozas que lo miraban con aparente deseo.

— ¿Qué os apetece hacer esta noche, Mi Señor? —le susurró para luego sonreírle de forma picarona. —En vuestra gran ausencia y escasa presencia, he aprendido ciertas cosas que a buen seguro os harán enloquecer de placer. —Expresó sumida en una mezcla de inocencia y adulación mal disimuladas.

Rodrigo estudiaba cómo los grandes senos de algunas mozas se agitaban cuando éstas correteaban por la sala y, a propósito, se dejaban alcanzar por algunos de los hombres con los que habían estado coqueteando durante todo el día. Había intentado acercarse a una de ellas, morena de piel y cabellos rizados oscuros, pero ésta no parecía estar interesada. Gonzalo se echó a reír cuando advirtió lo que sucedía.

—Tanta experiencia que Os caracteriza, estimado Rodrigo, y aquella preciosa mujer Os esquiva. ¿Por qué tanta crueldad, Mi Señora? —Y se dirigió a Luciana, a quien miró directamente a los ojos, risueño.
—Beatriz no es mujer de hombres, he de preveniros.
— ¿Acaso prefiere por compañía… a las muchachas? —Se interesó Rodrigo mientras aprovechaba el bullicio permanente del recinto.
—Vuestros anhelos hablan por Vos. Beatriz no es como otras muchas mujeres que antes hayáis conocido.
— ¿Y cómo es, Mi Señora? —Inquirió Gonzalo mientras la localizaba al fondo, donde atendía a varias mesas.
—Hace meses llegó a Nápoles... sola. Sin moneda alguna por compañera... La acogimos tal cual se ampara a una hermana. —Luciana seguía abrazada al espadachín, pero su rostro cambió de expresión. Todo parecía señalar que recordaba aquellos días con precisión.
— ¿Sólo eso conocéis de Beatriz? No comprendo qué la hace diferente… —protestó Rodrigo.
— ¡Pero… bueno…! ¿Qué Os hace suponer, Señores, que he aguardado vuestra llegada durante tanto tiempo para finalmente ser testigo de cómo os interesa otra mujer? —La moza los escudriñó desafiante y lanzó una mirada llena de desafecto.

Mientras Gonzalo lanzaba su risueña y particular carcajada, y Rodrigo y Luciana esquivaban sus miradas; David había permanecido en silencio, observando a los tres adultos que tenía junto a él. Sus mejillas permanecían rosadas y una extraña calma le invadía los sentidos, mezclada con el vino que reposaba en su estómago. La atmósfera permanecía viciada ante la falta de aire fresco y el vapor que ascendía de los cuerpos sudorosos y apretujados en el salón de la posada.

El infante observó a la enigmática Beatriz quien, concentrada en sus labores, evitaba mirar a los ojos de desconocidos aunque recorriese la sala una y cien veces. La mujer parecía no advertir a nadie, sólo al resto de sus compañeras con las que no tenía reparos en hablar e incluso bromear. De forma reservada, la examinó porque había oído con atención su breve historia y, porque además, jamás había visto aquella piel cobriza ni semejantes ojos tan bien perfilados. El célebre pintor Boticelli nunca llegó a conocer a mujeres así…

— ¿Nos marchamos? —De repente, Gonzalo parecía incómodo.
— ¿Tan pronto? —Luciana quería poder continuar exhibiendo a su idolatrado señor. — ¿Qué Os parece si permanecemos un poco más? Serviré más vino. —Se desprendió de aquél y fue a buscar otra gran jarra.
— ¿Qué declaráis, muchacho? Estáis muy callado… —inquirió el caballero. Se acercó, aprovechando que la moza se había ausentado y, en un susurro que sólo ellos pudieron oír, continuó su discurso. — ¿Os agrada Beatriz, quizá?
— ¿De qué habláis…? No, sólo la observaba… Yo no quise… No… A mí no… —balbuceó confuso.
— ¿Estáis seguro? Vuestras mejillas Os delatan… —El adulto aprovechó el estado ebrio del joven. —Debéis tener cuidado con ella. Creedme…
—Dispensadme, pero… me voy a mi habitación… Buenas noches. —Expresó molesto y esquivo.

Y a continuación, se levantó de golpe y cayó al suelo por el efecto del alcohol. Rápidamente, Gonzalo lo elevó y lo sostuvo entre sus brazos. Lo ciñó contra sí y David, confundido, se sintió intimidado por las extremidades que lo rodeaban, recias y cálidas; por el contacto con aquel cuerpo desconocido, sólido y acogedor; por la cercanía de su aliento y de su boca; por sus ojos tallados en bronce colmados de una claridad perturbadora.

—Rodrigo, acompañadlo. Cercioraos de que nadie entre en su habitación. Yo subiré pronto…



Continuará...

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