miércoles, 22 de febrero de 2017

Intermission~

Nos leemos en marzo. Tengo otros asuntos pendientes de los que algún día os hablaré y que ahora demandan mi atención plena. También necesito descansar después de tantas emociones vividas tras la gestación, la creación, la edición y la publicación de La noche del cisne. Ha sido un año realmente intenso. Inolvidable😊



Necesito desconectar, así que espero regresar en marzo con las energías renovadas. Nada más por hoy. Sed felices, leed mucho y disfrutad de los pequeños placeres de la vida. Siempre.


Con cariño💙
 
Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos
 
 

sábado, 18 de febrero de 2017

Lee gratis "La noche del cisne" durante 30 días~

Gracias al programa de Amazon, Kindle Unlimited, ahora puedes leer gratis mi última novela de principio a fin. 

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¿Qué tienes que hacer? 

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  • Como es una especie de préstamo bibliotecario, una vez se terminen los 30 días, no podrás acceder de forma gratuita a la novela a menos que renueves la suscripción.
  • Para ver el botón Leer por EUR 0,00 es preciso que estés conectadx en la cuenta de Amazon en la que tienes la suscripción a Kindle Unlimited.
  • También funciona para Amazon México.
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Si tienes alguna duda o pregunta, te ayudaré encantada ^^~

Con cariño,
Eleanor Cielo💙


martes, 14 de febrero de 2017

La noche del cisne | Capítulo 15~

Hoy llega el último capítulo que compartiré de mi nueva novela, La noche del cisne. A lo largo de estas semanas he subido varios para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la novela en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚



Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.







15. Divergencias

Radovan y Alojz aceptaron la invitación de Spomenka. Había insistido y los dos aceptaron hospedarse en nuestra casa por un tiempo indefinido.

—Cuando mi primo lo conoció iba en silla de ruedas y se negaba a andar a pesar de que podía hacerlo como ahora. No quería ver a nadie, ni siquiera salía de su casa —dijo mi esposa poco antes de meternos en la cama—. También me ha dicho que el Señor Vukoja llevaba prometido seis años con una señorita de Zadar antes del desdichado accidente, pero luego entró en un profundo estado de melancolía y renunció a su prometida. Ella no quería abandonarlo porque deseaba permanecer a su lado, seguir adelante con el enlace. Estuvo visitándolo durante meses, pero él se negaba a verla. Pobre hombre, se apartó para que no tuviese que sacrificar su vida cuidándolo…
—Ya… —dije sin prestar demasiada atención.

Como no quería dejar nada al azar, a la mañana siguiente le di órdenes estrictas a mi fiel Darija para que el pequeño Matko nunca estuviese solo en compañía de los dos hombres, para que me informase de cualquier anomalía por muy pequeña que fuese.

—Así haré, Señor Dragovic.

Varios días después del cumpleaños de mi hijo, Radovan se marchó a Zadar por una semana. Alojz desayunaría con nosotros mientras Spomenka no dejaba de hacerle preguntas. Yo leía el periódico.

—¿Es cierto que en la India la gente se sube a los elefantes como si fuesen caballos?
—Así es. Cuando estuvimos en Bombay, Radovan y yo tuvimos la oportunidad. Pero no me atreví, pensé que iba a aplastarme con sus patas.
—¡Oh! ¿Has oído Ladislav? ¿Y mi primo sí se subió?
—Sí, él no tuvo ningún reparo.
—Hace tiempo leí que en el Japón no se come con cubiertos, que utilizan dos pequeñas varillas que toman con los dedos de una sola mano… ¿has oído, Matko?
—¿Y… cómo se toman la sopa?
—Con una pequeña cuchara de cerámica —dijo Alojz—. No estoy muy seguro, pero creo que era así…

Como de repente dejaron de hablar, levanté la vista del periódico y vi a los tres jugando con los cubiertos.

—Necesitaríamos dos pequeñas varillas, pues con el tenedor, la cuchara o el cuchillo no podemos hacerlo.
—¿Y sirven dos lápices de colores? —dijo Matko inmediatamente.
—Yo creo que sí —dijo Alojz con una sonrisa y aquel breve gesto amanerado que a veces hacía con la mano.
—¿Me espera un momento, por favor? —dijo antes de levantarse de la mesa.

Observamos al pequeño salir del comedor. Los tres adultos nos miramos y Spomenka se agarró de mi brazo.

—Tiene una curiosidad innata por conocer las cosas. Yo creo que va a ser explorador… o arqueólogo del Antiguo Egipto… —dijo llena de satisfacción—. O también Almirante de la Marina.
—Es un niño muy despierto. Estoy seguro de que el futuro le tiene reservado un gran destino —dijo Alojz mirándonos a los dos.
—Así es. Es nuestra principal obsesión —dije mientras dejaba el periódico a un lado—. Solo queremos lo mejor para él y estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para que sea así.

Matko entró acompañado de Darija. Portaba la caja de lápices de colores que había recibido como obsequio de Radovan y de Alojz. Seguía oliendo al elegante sándalo. Por un breve instante, lo sentí en la punta de la lengua. ¿Cómo un aroma así podía causar semejantes efectos sobre mi cuerpo?

—Aquí están —dijo el niño un poco exaltado. Todo apuntaba a que había ido corriendo hasta la habitación.
—¿Se unirá, Ladislav? —dijo el antiguo almirante.
—¿A qué se refiere?
—A cómo utilizar las varillas para comer en el Japón...
—Papá, únase a nosotros… ¡Parece muy divertido!

Se había sentado a su lado y miraba atento los colores que el hombre empezó a extraer cuidadosamente para colocarlos en parejas.

—Participe de esta nueva experiencia —dijo Alojz—. De vez en cuando, es divertido hacer las cosas de manera diferente, conocer otras costumbres. Si algo he aprendido en este viaje es que no existe una única forma de vivir la vida, que el ser humano tiene muchas maneras diversas de expresarse. No importa si hablamos de la ropa, de la comida, de la religión o incluso del amor que nos une a los seres que amamos. Viajar transforma la visión que tenemos de nosotros mismos, de quiénes somos en realidad.
—Claro… —dije sin mucho entusiasmo—. Suena muy interesante, pero prefiero leer sobre esos lugares desde la comodidad del sofá. En la biblioteca tengo numerosas enciclopedias que hablan sobre todo eso de lo que usted comenta.

Spomenka levantó la silla donde permanecía y se sentó justo al lado de Alojz.

—Vamos, Ladislav —dijo ahora mi esposa.
—Hay ciertas vivencias que jamás podrán ser descritas, simuladas a la perfección por un libro. Por ejemplo, ser padre —dijo con cierta calma—. ¿Nunca ha viajado más allá de Dalmacia?
—Disculpe la rudeza, pero no tengo necesidad alguna de salir de Dubrovnik.

Había aprendido que todo lo que procedía del exterior ponía en peligro mi mundo. No pude evitar recordar por una fracción de segundo el capítulo de Zadar y Rosabella, Eugen y Vesna, Radovan e Iskra.

—Aquí tengo todo cuanto preciso. No quiero conocer nada nuevo.
—Está bien. Me doy cuenta de que no tiene duda alguna —dijo Alojz como dándose por vencido.
—Papá, ¿se quedará con nosotros? —dijo Matko.
—He de ir al despacho, hijo mío —dije para ver también cuál era su reacción.

Aunque era un estúpido juego, me fastidiaba que Matko quisiera estar en compañía del amante de Radovan. En el fondo, deseaba que mi hijo solo tuviese ojos para mí o para Spomenka.

—Está bien. Me quedaré aquí con mamá y Alojz, y después se lo enseñaré a usted en la tarde —dijo con expresión radiante.

Yo no quería comprender que era un niño, que su ternura o el interés que mostraba por ciertas cosas o personas ajenas a mí no tenían las barreras mentales de los adultos. De pronto tenía en la boca un sabor amargo cuyo origen desconocía. Tragué saliva, pero lejos de desaparecer, se hizo más intenso.

—Tal vez su hijo le haga cambiar de parecer —dijo el antiguo almirante mientras apartaba la caja vacía de los lápices de madera.

No respondí a su provocación y me dirigí enseguida al despacho.



Llegaron las fechas navideñas. Recuerdo que aquel día era domingo. Habíamos pasado toda la tarde en familia con juegos, cuentos sobre las divinidades de Egipto, la música del piano de mi esposa y también un pequeño teatro de marionetas que hizo Alojz. Había representado una pequeña leyenda oriental que había encandilado a mi hijo, sentado junto a nosotros. Reconozco que no le presté demasiada atención, así que apenas recuerdo el argumento. No obstante, Spomenka y Matko parecían muy concentrados. No entendía qué tenía de especial aquella historia. En realidad, desaprobaba cualquier cosa que Alojz o Radovan hiciese, sobre todo si lograba que por un instante mi pequeña familia dejase de verme como el centro de su atención. Impaciente, quería que terminase cuando antes la representación y miré a Radovan. Estaba enfrascado en la sexta novela que leía de su venerado Julio Verne. A él no le interesaban los cuentos infantiles como era lógico. Era un hombre soltero y, además, ambiguo. Tampoco solía prestarle atención a mi hijo durante más de diez minutos ni participaba en los juegos que organizábamos. De hecho, me sorprendía que estuviese allí con nosotros. Sin embargo, recuerdo que Matko a veces me hablaba de las historias que Alojz había vivido en alta mar cuando era almirante, de los libros que le había leído o de los dibujos que hacía de algunos animales extraños que vio durante el viaje alrededor del mundo con Radovan. No comprendía muy bien por qué dedicaba parte de su tiempo, un hombre como él, a mi hijo. Si Spomenka o yo no estábamos con Matko, Darija estaba siempre con él. La mujer me detallaba las conversaciones que tenía el antiguo almirante con mi pequeño y de ninguna de ellas pude extraer nada extraño. Mi fiel ama de llaves contaba que el hombre parecía tener cierta facilidad para hablar con el pequeño, que Matko disfrutaba mucho de aquellos momentos en su compañía. ¿No había creído siempre que a los ambiguos solo les interesaba cometer actos monstruosos? Era lo que había oído de Sanel, lo que yo había experimentado.

Pero aquellos años de felicidad junto a mi pequeña y nueva familia se truncarían durante las fechas navideñas. Cuando cayó el sol alguien llamó a la puerta de forma insistente. Era una de las muchachas que servía en la casa de mi prima Vesna. Nunca olvidaré lo que vino a decirnos.

—Se ha intentado quitar la vida —dijo mientras rompía a llorar—. La Señora Vesna… ha aparecido en el río.

Spomenka se desmayó inmediatamente y puede tomarla entre mis brazos con un rápido movimiento. Radovan, alarmado, fue a por las sales para reanimarla.

—La hemos encontrado hace una hora… Había desaparecido en la mañana.... Todos estamos desolados.

¿Vesna había intentado suicidarse? ¿Por qué?

—Querida mía… ¿me oyes? ¿me oyes? —dije mientras pasaba por debajo de su nariz las sales para que despertase.
—Prima, despierta…

Alojz y yo la habíamos reclinado en el sofá. Fue entonces cuando advertí el inconfundible aroma del sándalo. Noté cómo el corazón se aceleraba, cómo de repente tenía un calor inexplicable. Incluso sentía las mejillas tibias. ¿Por qué reaccionaba así? Era solo una fragancia. Nada más.

—V-Vesna… V-Vesna —dijo ella volviendo en sí.
—Trae un poco de té —le dije a Darija en cuanto llegó—. Le vendrá bien para reanimarse por completo.

Mi esposa fue recobrándose poco a poco mientras sostenía sus manos entre las mías.

—Ladislav, dime que todo ha sido un mal sueño, que mi hermana no… —dijo implorándome con la mirada.

Spomenka se echó a llorar y nos abrazamos, consternados por la noticia. Darija acercó la bandeja con la tetera y la taza. El carruaje nos dejó frente a la verja de la pequeña mansión. Allí encontramos también a mi tío.

—Vesna será ingresada en un centro de curación. Allí estará en observación —dijo Patrick después de limpiarse los ojos.
—No hay duda de que no poder concebir hijos le ha afectado —dijo Eugen. Recuerdo su cara llena de angustia—. Comenzó a mostrar síntomas cuando perdimos a nuestra criatura durante el pasado verano, cuando fuimos otra vez a Viena. Estuvo muy decaída y, aunque estuvimos de viaje, su ánimo no mejoró.

No lograba comprender lo que había sucedido. Mi Vesna, mi amada Vesna había intentado abandonar este mundo.

—La encontramos en el río —dijo mi tío—. Se había amarrado a un árbol… esperando que la corriente subiera... Cuando la trajeron a casa, nos dimos cuenta de que llevaba botones en los bolsillos.

Spomenka y yo nos miramos. A mí se me saltaron las lágrimas.

—Cuando éramos aún niños, ella siempre nos los regalaba…

¿Por qué, Vesna?

—¿P-Podemos verla? —dijo Spomenka.
—Está dormida. El Doctor Kovac le ha dado láudano.

Varios días después, Vesna fue ingresada en un sanatorio. Spomenka y yo la visitábamos todos los lunes y jueves. Le llevábamos el ajedrez y uno de sus muchos libros de poesía, pero lejos de recuperarse, mi amada prima iba asemejándose más y más a otros pacientes del lugar. Su rostro se volvió demacrado, las manos arrugadas, el cuerpo se curvó. La larga melena menguó y muy pronto sus escasos cabellos se volvieron canosos. La luz que había irradiado desde el primer día que la conocí había desaparecido por completo. Incluso olía diferente. Vesna había dejado de ser el hada que me había protegido durante muchos años y, sobre todo, empezaría a borrarme de su mente para siempre. El mismo camino que habían recorrido mis padres por culpa de la demencia senil.

—¡Pobre hermana mía…! —decía Spomenka limpiándose el rostro cada vez que nos marchábamos del sanatorio.

¿Vesna había enloquecido porque no había podido ser madre? ¿Era aquella la verdadera razón? Había recordado la charla que habíamos tenido después de superar mi enfermedad. Se había lamentado de su suerte y había fantaseado con que fuese diferente: qué hubiera sucedido si finalmente hubiese aceptado casarse conmigo. Ahora lo comprendí todo. ¿Vesna había venido hasta mí para que… volviese a pedirle que fuese mi esposa? ¿Fue allí por eso? Había venido a verme, pero sus palabras habían parecido ocultar algo más. Dentro de los bolsillos del traje con el que se había intentado suicidar solo había botones y piedrecillas… ¿Era por eso, Vesna? Aún hoy no dejo de sentir una inmensa tristeza cuando lo recuerdo. Yo apreciaba muchísimo a Spomenka, pero el amor que había profesado por Vesna superaba y superaría cualquier otro. Hasta que encontré a Séptimo. Pero no quiero adelantarme a los hechos narrados de mi vida.



lunes, 13 de febrero de 2017

La noche del cisne | Capítulo 14~

Mañana postearé el último capítulo que compartiré. Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚



Mañana, más. Feliz lunes!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








14. El Rey de Persia

El pequeño Matko nació el 26 de junio de 1889. Spomenka había manifestado las primeras contracciones muy de mañana y fue Darija la que me avisó de que el gran día había llegado. Aunque el parto duró hasta la noche, el Doctor Kovac dijo que todo había acabado bien y que mi esposa tardaría en recuperarse dentro del plazo habitual en aquellos casos. Por ello, cuando tuve al pequeño entre mis brazos volví a comprender el significado de mi nombre y por vez primera me sentí orgulloso de ser un Dragovic. No podía creer que aquella criatura, esponjosa y tibia, fuese parte de mí y me arrepentí de haber tenido numerosas dudas desde que llegué de Zadar con Radovan. Aunque habíamos ido en compartimentos distintos del tren, había reflexionado sobre lo que había sucedido en la capital. Me había sentido deprimido, vacío. Era como si, por mucho que lo intentase, no consiguiese escapar de aquella especie de tela de araña en la que había caído preso desde que tuviese diecisiete años. Me pregunté si Spomenka continuaría tan distante cuando naciera nuestro hijo y tuve dudas acerca del amor que decía sentir por mí. Pensé que no sería un buen padre, que no tendría fuerzas para abordar la nueva vida que me esperaba. Los negocios se me daban mal, era torpe con los números. Mis padres envejecían y la demencia senil los había deteriorado prematuramente. Sin embargo, cuando tuve al pequeño Matko junto a mí y Spomenka me acarició el rostro, lloré como un niño.

—Perdóname, Ladislav. Sé que he sido muy estricta contigo, pero ya todo ha pasado. ¡Mira qué bonito es nuestro hijo! —dijo ella besándome las mejillas húmedas.

Sus besos ardían sobre mi cara. Había extrañado tanto su ternura, saberme amado. En aquellos largos nueve meses me había sentido tan desdichado que estar ahora rodeado por mi pequeña familia hizo que me desmoronase con la mayor de las facilidades.

—No, perdóname tú, Spomenka... He sido un egoísta y he dudado de… ti… Lo… siento. No he sido un buen esposo…

Ella sonrió y me dio otro beso, esta vez sobre los labios. Mi cuerpo se estremecía cada vez que recibía sus mimos. Era sorprendente cómo, a una misma vez, era capaz de sentirme el hombre más feliz, pero también el más desgraciado del mundo.

—A partir de ahora, ¡vamos a cuidar juntos a Matko! —dije dispuesto a darlo todo por los dos.

Quería empezar de nuevo, poner un gigantesco punto y aparte en mi vida. Cambiar el rumbo de los acontecimientos para alcanzar el tan deseado equilibrio familiar y emocional.

—Sí, mi pequeño Ladislav.

Los meses que siguieron serían el inicio de un nuevo tiempo de plenitud y felicidad. Spomenka regresó a mi habitación y, aunque los encuentros sexuales eran escasos y mecánicos, preferí aceptarlo sin más. Había estado nueve largos meses sin ella y ya me sentía demasiado culpable como para atizar más el avispero. Seguía sin estar enamorado de Spomenka, pero el afecto que sentía por ella era lo suficientemente sólido como para querer pasar el resto de mi vida a su lado. Había aceptado por fin que mi esposa no disfrutaba con nuestros encuentros sexuales y, después de lo sucedido en Zadar, pensé que yo había perdido todo interés. Por todo ello, me dediqué a mi pequeña familia y a forjar de una vez por todas un mundo donde fuera feliz de nuevo. Matko sería la principal razón. La casa se llenó muy pronto de juguetes, de cuentos, de risas y de la luz del verano. Veía crecer al pequeño mientras, de forma milagrosa, nuestra menguante fortuna comenzó a crecer. El nacimiento de Matko me había llenado de esperanza y muy pronto entendí que su sola existencia debía ser suficiente para zanjar de una vez por todas mi desastrosa relación con las finanzas y la administración de Nueva Alejandría. Aún no sé cómo lo logré, de dónde saqué las fuerzas o la destreza para llevarme tan bien con los números; pero poco antes de que Matko cumpliese los tres años ya era el dueño de numerosos negocios y tenía acciones en casi todas las compañías del país. La vida nos sonreía y mi hijo no tendría que renunciar a su niñez de ningún modo.

“En su barquita, Pulgarcita pasó por delante de muchas ciudades diferentes y los pajarillos, al verla posados en los arbustos, cantaban: «¡Qué niña más valiente!». Y la hoja seguía su rumbo sin detenerse, y así salió Pulgarcita de las fronteras del país.”

Radovan había desaparecido otra vez. Siempre que lo hacía, todo a mi alrededor funcionaba y la felicidad me besaba cada mañana al saber que tenía una esposa y un hijo por los que luchar en este mundo. Atrás quedaban las dudas, los malos recuerdos, la desolación que había encogido mi corazón. Radovan solo sacaba lo peor de mí. Era como una fuerza maligna que el destino me enviaba para ponerme a prueba y demostrar que era merecedor de lo que me había regalado. Por ello, había terminado de urdir un plan para deshacerme de él. Solo debía de aparecer por Nueva Alejandría y encontrar el momento adecuado. Yo era feliz. Estaba dispuesto a hacer lo que fuese para que nada ni nadie lo impidiese.



Cuando Matko cumplió los seis años, Radovan volvió a irrumpir en mi vida. Lo haría durante la fiesta de cumpleaños que habíamos preparado, ya casi al final de la mañana.

—¡Radovan! —dijo Spomenka cuando lo vio aparecer por la puerta del salón.

Mi esposa corrió hacia él y se abrazaron efusivamente. He de reconocer que me produjo cierto placer verla tan contenta, sobre todo porque durante aquellos años solo había recibido una docena de cartas donde ella me describía la larga lista de lugares que Radovan había visitado. Italia, Egipto, India, Hong Kong, Japón, Estados Unidos, ...

—Se ha leído ese libro de Julio Verne y quiere hacer como Phileas Fogg —dijo Spomenka divertida cuando recibió la primera de sus cartas—. ¡Lo voy a echar mucho de menos!

Excéntrico incluso para viajar, pensé después de oír los detalles de mi esposa. Sin embargo, saber que estaba a miles de kilómetros de Dalmacia era lo mejor que me podía pasar. No quería que Matko fuese influenciado por alguien como Radovan, por ello cuando este se acercó a mi hijo volví a sentirme intranquilo con su presencia. Los dos primos fueron al encuentro del pequeño, acompañado por Darija. Yo presenciaba la escena y vigilaba cualquier posible movimiento extraño del hombre. Aunque había hecho un trato con Radovan, no iba a permitir que ensuciase su inocencia.

—¡Aún no puedo creer que estés aquí, querido primo! —dijo Spomenka mientras se abrazaba a él una vez más.
—Le decía que tenéis un hijo muy despierto.
—Gracias —dije antes de tomar su pequeña mano—. Es el alma de Nueva Alejandría.
—Padre, ¿qué es el alma?
—El alma es lo más importante que tenemos, sin ella no podemos vivir. Por eso tú eres lo más importante de Nueva Alejandría —dije acariciando su mejilla.
—Hazle caso a tu papá, Matko —dijo Radovan guiñándole un ojo—. Tú y yo seremos buenos amigos, ¿a que sí?

Aquella declaración me inquietó más de lo que ya estaba. Era obvio que el primo de Spomenka era parte de la familia, pero yo tenía que impedir que mi pequeño creciese con alguien así. No iba a poder dormir por las noches. Tenía que poner en marcha mi plan para deshacerme de Radovan antes de que fuese demasiado tarde.

—Mi mamá dice que usted es mi tío, pero yo nunca le he visto en mi casa —dijo Matko mientras se abrazaba en torno a mí.
—Eso es porque he estado viajando por todo el mundo. Mira, te he traído un regalo.
—¿Un… regalo?
—Ahora mismo vendrá el Rey de Persia para dártelo.
—¿El Rey de Persia? —dije extrañado.

En aquel momento, Radovan asintió con la cabeza y aquello debió ser la contraseña para que en el salón entrase un hombre vestido de forma exótica, incluso llevaba un sombrero adornado con plumas de pavo real. Andaba con cierta dificultad, como si no coordinase bien las piernas. Portaba una gran caja envuelta en papel de colores y avanzó hacia nosotros en medio de la expectación de los invitados.

—Vengo desde muy lejos para entregaros este regalo, pequeño Matko —dijo el hombre después de hacer una exagerada reverencia—. ¿Seréis tan amable de aceptarlo?

Oí una discreta ovación detrás de mí, pero el primero en reaccionar fue mi hijo.

—Padre, suelte mi mano, por favor.

El niño se acercó, movido por la curiosidad que despertaba aquella enorme caja de vistosos colores que el hombre había depositado sobre el suelo. Yo estaba realmente sorprendido, pero lo estaría mucho más cuando Matko hizo una reverencia y a continuación habló.

—Muchas gracias por venir a mi cumpleaños. Por favor, coma todo lo que quiera porque debe estar muy cansado del viaje. Mi tío Radovan me ha dicho que él ha estado en muchos sitios. ¿Han ido juntos?
—Así es. Somos amigos. ¿Tiene usted algún amigo?
—Sí. Mi padre.
—¿Y cómo se llama su padre?
—Ladislav. Es él —dijo Matko acercándose para abrazarse a mis piernas.
—Espero que con el tiempo usted y yo seamos también buenos amigos.

El pequeño asintió lentamente con la cabeza sin dejar de mirar el regalo.

—¿Quiere abrirlo ya?
—S-Sí —dijo medio avergonzado.

Los invitados rieron y Spomenka le dio un sonoro beso. Yo estaba intrigado. Me fastidiaba reconocerlo, pero estaba seguro de que todo había sido idea de Radovan. No quería encontrarme con sus turbadores ojos.

—Padre, ¡son libros…! ¡Y lápices de colores…! ¡Y un caballo de madera…! —dijo lleno de júbilo mientras descubría cada objeto de la caja ayudado por mi esposa.

Nos aproximamos y Matko empezó a pasar las páginas de uno de los libros que había tomado. Tenía letras en otro idioma, pero sus ilustraciones eran llamativas: aparecían lugares diferentes y gente vestida de otra forma.

—¿Me leerá este cuento esta noche, por favor? —dijo él fascinado por todo lo sucedido.
—Claro que sí, hijo mío.

Recuerdo que la caja era de madera, tenía adornos hechos de nácar y desprendía un extraño perfume. Una fragancia que enseguida me resultó familiar. Era el mismo sándalo del que estaba hecha la cajita de música de Radovan. Pero ahora el olor era más fuerte y me atravesaba de pies a cabeza. Me erizó la piel e, incluso, sentí un escalofrío detrás del cuello. A pesar de todo, era agradable y pensé por un momento que así se debía respirar en lugares tan lejanos de Dalmacia. Nunca había abandonado mi país, solo conocía el mundo a través de los libros que tomaba de la biblioteca.

—Spomenka, Ladislav. Quiero presentaros a alguien —dijo Radovan—. Nos espera en el jardín.
—¿Quién era ese hombre, Radovan? —dijo mi esposa después de darle las gracias por lo sucedido en el salón—. ¡Me tiene intrigada! ¿El Rey de Persia? ¿Aquí…? ¿…en Dalmacia?

Él se echó a reír. Estábamos sorprendidos por todo lo sucedido y ni me había parado a pensar quién era aquel hombre.

—¿No queréis saber quién es el Rey de Persia? —dijo misterioso antes de abrir la puerta del jardín.
—¡Por supuesto que sí! —dijo Spomenka—. ¿Dónde lo has encontrado?
—Es el hermano de una buena amiga de Zadar.

Otro ambiguo merodeando bajo el techo de mi Nueva Alejandría, pensé mientras lanzaba un largo suspiro.

—Este es Alojz Vukoja —dijo cuando finalmente nos lo presentó—. Antiguo Almirante de la Marina del Reino de Dalmacia.
—¿Qué le pasa en las piernas? —dijo Matko detrás de mí algo avergonzado cuando además vimos que ahora andaba con la ayuda de un bastón.
—¡Matko! —dijo Spomenka sorprendida—. Señor Vukoja… Por favor, discúlpelo…

El hombre sonrió.

—No pasa nada —dijo mirando a mi hijo con tono amistoso. Tuvo aquel pequeño gesto afeminado con la mano que solo a mí pareció resultar chocante—. Sufrí un accidente hace varios años y perdí la pierna. Un proyectil en mal estado explotó contra mi rodilla izquierda cuando navegábamos en aguas del Caribe. A raíz de aquello contraje una extraña enfermedad derivada de la metralla que quedó incrustada. Los doctores dicen que en algunos años no podré andar ni siquiera con bastón…
—Se equivocan —dijo Radovan enseguida.
—Utilizo una prótesis cuando no me apoyo en el bastón, por eso cuando ando puedo llegar a parecer un pato desorientado —dijo con desenfado.

Spomenka sonrió con timidez mientras le lanzaba una mirada de aprobación al niño.

—Almirante de la Marina… El Caribe… —dijo Matko con la boca abierta.


domingo, 12 de febrero de 2017

La noche del cisne | Capítulo 13~

Nos acercamos a los últimos capítulos. Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚




Mañana, más. Feliz domingo!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.








13. Carnaval para dos

Cuando Rosabella se quitó el antifaz, pude apreciar por fin la belleza de sus ojos almendrados. Los pómulos, un poco angulosos, tenían un intenso color carmesí que quise besar de forma inmediata. Se acercó a mí y me rozó con los dedos de su mano enguantada. Percibía la seda recorriendo mi abandonada piel de caricias y afectos, mientras todo mi ser temblaba. Noté el ardor de mis ojos ligeramente humedecidos.

—Desnúdese —dijo junto al oído.

Aunque ahora tenía unas ganas terribles de estar con ella, seguía sin vencer el pudor de quedar desnudo. Rosabella me intimidaba con aquella mirada enigmática. Ella habría visto muchos hombres así, desnudos e indefensos, pero ninguno como Ladislav Dragovic. Yo era un ser frágil. Aturdido y angustiado por un pasado que ya nunca volvería, sin deseo alguno por aceptar el mundo en el que ahora era obligado a vivir. Si me entregaba a Rosabella, sabía que me alejaría un paso más de mi pasado. Con todo, ni ella ni nadie más iban a convencerme de que debía guardar botones bajo la almohada, de que mis padres volverían a quererme o de que algún día llegarían otra vez las hadas revoloteando entre los cabellos de mis primas. Pero el futuro también me perseguía: Spomenka y mi primer hijo nunca aprobarían que estuviese con una desconocida; sin embargo, en aquel momento no importaba. Ansiaba corromperme entre los brazos de Rosabella, diluirme como un azucarillo, desaparecer de la faz de la tierra por un instante. Era como una fuerza irracional que me empujaba a actuar pensando solo en mí, en mi placer más inmediato. Lo necesitaba. Los dos nos tumbamos sobre la cama. Ella aún llevaba el vestido.

—¿No… se va a desnudar?
—Solo si usted me dice que se casará conmigo —dijo al reír juguetona.

Aunque estaba impaciente por ver su cuerpo desnudo, acepté el juego y nos besamos. Notaba los senos contra mí y nuestras lenguas se rozaban mientras me dejaba llevar por la destreza de Rosabella. Sus dedos acariciaban mis cabellos, hundiéndolos y provocándome aún más.

—Quítese el vestido…
—Alíviese junto a mí —dijo al oído.

Todo mi ser parecía arder bajo el influjo de aquel cuerpo oculto bajo el elegante vestido negro. Quería sentir su piel contra la mía, recorrer con los dedos a la mujer que me había llevado hasta aquella habitación.

—Al menos, permita que le quite los botones del cuello y la espalda.

Fui a desabotonarle el vestido, cuando ella me apartó la mano.

—Espere, no sea impaciente —dijo después de sonreír.

Me acarició los genitales y enseguida eyaculé sobre sus guantes negros.

—Discúlpeme…L-Lo siento…

Entonces, la mujer se acercó al quinqué que nos iluminaba y lo apagó. Se me erizó la piel. Ahora llegaba el ruido de afuera. Era como si momentos previos no hubiese nadie detrás de la puerta.

—¿No deseaba quitarme el vestido?
—Sí, pero no pensé que usted sería tan tímida.
—Aguarde un momento. Me estoy desvistiendo. No es timidez, sino expectación.

Tenía una sed terrible y notaba el cuerpo como si ahora fuese de piedra. Respiraba tan rápido que creía que de un momento a otro el corazón saldría ardiendo. Finalmente, percibí la mano desnuda de Rosabella junto al rostro. Se tumbó junto a mí y enseguida nos besamos. Sin embargo, di un respingo cuando su cuerpo desnudo rozó el mío.

—¿Q-Qué ha sido eso?
—¿A qué se refiriere?
—Lo que he notado… junto a… mis…

La mujer no respondió e intentó besarme mientras notaba su piel ardiente.

—¿Y sus… senos…? ¡Deténgase! —dije cuando noté que ya no estaban en el lugar de antes.

Rosabella no se detuvo y continuó aferrada a mí. Yo luchaba por alejarme de ella.

—Usted… es…

Agobiado, aparté con violencia su cuerpo y gateé a oscuras hasta dar con el quinqué. Tanteé la cómoda donde se encontraba y tardé un buen rato hasta lograr encender la llama. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder.

—¡Dios mío! ¿Qué es lo que he hecho? —dije una y otra vez.
—¿Va a regresar al lecho, Ladislav? ¿O ya no tiene fuerzas? —dijo una voz desconocida de hombre.

En aquel momento la llama del quinqué iluminó la estancia. Yo estaba de espaldas a la cama y vi, en el espejo situado sobre la cómoda, las piernas de Rosabella. Estaba paralizado. Era incapaz de girarme y comprobar lo que parecía ser la peor de mis pesadillas.

—¿Va a mirarme o va a estar así toda la noche? —dijo la voz masculina—. ¿No le explicó Giovanni el tipo de lugar que es La Pequeña Venecia?



—¡Eres un maldito pervertido! —dije a Radovan cuando lo encontré sentado en el salón charlando con otros invitados—. ¿Qué digo? ¡Todos sois unos sucios depravados! ¡Voy a denunciaros a la policía!

Me había vestido rápidamente y salido despavorido de la habitación de Rosabella. Tenía que salir de allí antes de que me volviese loco. O peor aún, que acabase como aquellos libertinos repugnantes. Pero, ¿qué clase de monstruo era Radovan?

—¡Cállate! —dijo mientras dejaba a un lado la copa que sostenía—. Te dije que no te separaras de mí.
—¡Eso no es excusa! ¿Por qué no me avisaste?

Se cruzó de brazos.

—Deja de gritar y montar este escándalo, Ladislav. Si entraste en la habitación con Rosabella fue porque así lo quisiste…
—E-Eres… —dije negando con la cabeza.
—Ven, hablemos en privado —dijo antes de intentar tomarme del brazo.
—¡Ni hablar! ¡Aléjate de mí o, de lo contrario, nada me producirá más placer que denunciarte a las autoridades, maldito sodomita!

Avancé decidido hasta el pasillo ante el silencio de los invitados. Luego oí sus murmullos y a Radovan llamándome.

—¡Por favor, Ladislav! —dijo Salvatore aparentemente afligido desde el quicio de la puerta del salón—. No nos denuncie a la policía… ¡La Pequeña Venecia es nuestro hogar! Por favor, perdónenos si no le avisamos… pensé que su amante le había dicho que Rosabella, como el resto de nuestras invitadas, no es una mujer de nacimiento…
—Si nos diera otra oportunidad, se daría cuenta de que no somos monstruos —dijo ella con voz quebrada.

Desnuda, había avanzado para apoyar su cabeza sobre el hombro de Salvatore. Aparté la mirada, asqueado por la imagen de aquel hombre maquillado que había pretendido ser una mujer. Sus formas afeminadas lo asemejaban a los seres andróginos o ambiguos que tanto me inquietaban. Había caído en sus redes. Había besado a otro afeminado, pero en este caso con mi consentimiento. No podía caer más en desgracia. ¿Qué iba a pasar si Spomenka lo descubría? ¿Huiría como Iskra? ¿Me alejaría de nuestro futuro hijo?

—No malgastéis vuestros esfuerzos —dijo Radovan—. Es un joven malcriado incapaz de ver más allá de sus propias narices.
—¡No te atrevas a decirme lo que soy, maldito! —dije antes de dar un portazo.

Continuaba lloviendo, pero enseguida llamé a un coche de caballos. Me dirigí al hotel donde me hospedaba. No habría jabón ni agua suficiente en el mundo para quitarme el perfume y el sabor que aquel monstruo llamado Rosabella había dejado por todo mi cuerpo. ¿Cómo podían existir seres semejantes? A la mañana siguiente, me pellizqué para comprobar que estaba despierto. Fui consciente de que lo ocurrido la noche anterior había sido dolorosamente real. Solo quería regresar a Nueva Alejandría y no salir jamás de allí. Intentaría olvidar todo lo ocurrido. Continuaría entregándome a mi familia para esperar ansioso el nacimiento de mi primogénito. En realidad, estaba convencido de que aquella criatura solucionaría todos mis problemas porque desaparecerían sin más. Enfrascado en aquellos pensamientos, preparaba el equipaje para partir cuando alguien llamó a la puerta. Fui a abrir, pensando que era alguno de mis socios. Ya tenía la coartada preparada: les diría que al final regresé al hotel porque lo del prostíbulo me había recordado lo mucho que extrañaba a Spomenka. ¡Qué miserable de mi parte utilizarla en vano!

—¿Nos vamos? El carruaje nos espera abajo —dijo Radovan nada más abrir.

Rápidamente, intenté cerrarla. No quería verlo y mucho menos que me recordase lo sucedido en la noche.

—¡Deja de actuar como un idiota y abre la puerta! —dijo al otro lado—. Tus socios se han marchado ya a la estación de ferrocarril.
—Mientes.
—No lo creo. Al venir hacia aquí, los encontré en la entrada del hotel. Te esperaban, sí, pero les dije que vendrías conmigo en el tren de las nueve. Vámonos ya o lo perderemos.
—Puedo ir en el tren de las once…
—Sí, pero sabes que no me moveré de aquí.

No sabía qué hacer. Radovan no se daba por vencido y empecé a creer que me acompañaría hasta el día de mi muerte.

—¡Vamos, Ladislav! ¡Sal de ahí! ¿Aún no has comprendido que nuestras vidas están trenzadas? Me lo dijo una adivina en Dubrovnik cuando vino el circo a la Plaza de las Flores.

Yo seguía sin abrir la puerta. Tenía la muy remota esperanza de que acabaría por marcharse.

—¿Quieres saber qué dijo exactamente? —dijo ante mi silencio—. La mujer tomó mi mano y, mientras señalaba las líneas de la palma, leyó mi futuro.

En la habitación, caminé hacia la ventana. Por un breve instante pensé que saldría por ella y huiría hasta la estación antes de que partiese mi tren. Abrí el cristal, pero estaba en una tercera planta. Aunque no me parecía del todo descabellado saltar, deseché la idea cuando comprendí que prefería conservar la vida a perderla de aquella forma ridícula.

—Dijo que un joven apuesto, próximo a mi familia, acabaría enamorado de mí. Yo le pregunté si podía darme alguna pista más.

Radovan se echó a reír.

—Ella siguió estudiando las líneas de mis manos y dijo que el nombre del misterioso joven empezaba por “L”.

Su voz sonaba entusiasmada y yo empezaba a comprender que, si no hacía nada, acabaría por ser engullido por su sucio mundo. Debía urdir un plan para que la policía lo arrestase sin ser señalado como delator. Si Spomenka lo supiese, no me lo perdonaría nunca; pero era la única solución.

—¿Verdad que es increíble, Ladislav?

Despacio, abrí la puerta. Me había armado de valor porque mi plan era perfecto. Por fin conseguiría librarme de Radovan y de sus sombras.

—¿Le dirás a mi esposa… lo que pasó… anoche?

Él no pareció sorprenderse por la pregunta porque encendió un cigarrillo y después me ofreció otro.

—¿Lo…harás? —dije ante su silencio.
—Vamos a hacer un trato, Ladislav: yo guardo tu secreto y tú guardas el mío, ¿te parece bien? —dijo muy serio—. Jamás me volverás a increpar por lo que soy y tampoco amenazarás a mis amigos bajo circunstancia alguna. ¿Estás de acuerdo?

Era justo lo que necesitaba para callar mis miedos. Haría lo que fuese para que Spomenka no supiera nada de aquel terrible episodio, incluso si aquello significaba ignorar la ambigua condición de Radovan y de sus iguales. No sabía qué era peor: lo que había hecho la noche previa o lo que estaba a punto de hacer. Era muy mezquino de mi parte, pero quería salvar mi matrimonio. Radovan levantó la mano para estrecharla contra la mía.

—Pero con una única condición: solo si vamos juntos de regreso a Dubrovnik.
—Está bien —dije después de pensarlo por un breve instante.
—Trato hecho —dijimos al unísono mientras establecíamos nuestro inédito pacto secreto.

Era la primera vez que una parte de mi cuerpo entraba en contacto con una suya sin que me sintiese violentado.

—Está bien, iremos en el mismo tren —dije muy serio—. Pero no viajaremos en el mismo vagón. Es mi única condición.

Radovan asintió con una enorme sonrisa.



sábado, 11 de febrero de 2017

La noche del cisne | Capítulo 12~

Nos acercamos a los últimos capítulos. Recuerda que a lo largo de estas semanas estoy subiendo varios de mi nueva novela, La noche del cisne, para que los leas y animarte así a conseguir la obra ❀

¿Has leído ya lo que dicen de La noche del cisne en Amazon? 😊

En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚



Mañana, más. Feliz sábado!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


Info sobre la licencia de esta obra :: La noche del cisne -(c) - Eleanor Cielo

Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.






12. La Pequeña Venecia

—¿Qué quieres? Ni siquiera lejos de Nueva Alejandría vas a dejar de perseguirme.

Radovan encendió un cigarrillo. Aspiró varias veces con ansiedad y vi cómo sus pómulos se contraían para darle un aspecto enfermizo a su rostro. Luego tiró la colilla a un lado.

—Tu ama de llaves me dijo que estabas de viaje —dijo después de una larga pausa—. Como no supo dónde te alojarías, entré en tu despacho y rebusqué entre tus cosas. Lo siento, pero no tuve más remedio.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que eres la última persona a la que quiero ver?

Sobre el rostro del hombre se dibujó una leve sonrisa.

—Eso lo hace más interesante, Ladislav. Eres demasiado ingenuo aún para comprender cómo actuamos algunas personas. Ven, te invito a un trago…
—¡Ni lo sueñes! —dije levantándome del suelo—. Mis amigos me aguardan…
—Esos de ahí dentro no son tus amigos —dijo encendiendo otro cigarrillo.

¡Cómo me sacaba de quicio aquel aire autosuficiente que tenía!

—Solo hay que ver que ni han reparado en tu ausencia —dijo antes de ofrecerme su pitillera—. A esos nada más le importan las faldas.

¡Cómo odiaba darle siempre la razón!

—Mira, parece que va a llover —dijo después de que presenciáramos un relámpago—. Dejemos atrás este incidente.

A continuación, oímos el trueno.

—Conozco un lugar aquí en Zadar mejor que este —dijo señalando el burdel—. Es como un segundo hogar…
—¡No voy a ir contigo a ninguna parte! Regreso al hotel.
—Como quieras, pero le diré a Spomenka lo que ibas a hacer.
—¡No serás capaz!

Radovan se acomodó la chaqueta y se frotó las manos.

—Te dije que es mi prima preferida.

Igual que un roedor ante un gato hambriento que sabe que no puede escapar. Así me sentí al comprender que podría confesarle a mi esposa mi desliz.

—Ven conmigo, Ladislav. Sabes que no tienes alternativa.
—Te odio.

Pronto comenzaron a caer las primeras gotas y el suelo se llenó de puntos húmedos que se multiplicaban con rapidez.

—¿Dónde está ese lugar? —dije mientras guardaba las manos en los bolsillos.

Llegamos al sitio indicado. Yo me había cubierto con el abrigo, pero Radovan se había empapado por completo.

—¿Es aquí? —dije al detenernos frente a un edificio de varias plantas.
—Nosotros la llamamos La Pequeña Venecia. En realidad, es la casa de un buen amigo. Nos reunimos siempre a partir de las ocho, así que llegamos justo a tiempo.
—Vas a enfermar si no te cambias pronto de ropa…

Radovan me miró sorprendido mientras me arrepentía de haberle mostrado mi instintiva preocupación.

—¡Vaya, Ladislav!
—No te confundas… Ha sido solo cortesía… Ni siquiera lo dije pensando que eras tú…

Él sonrió, pero no dijo nada más. Entonces llamó a la puerta y poco después abrió un hombre. Iba vestido con ropas de arlequín y llevaba un antifaz, de modo que no podíamos ver la totalidad del rostro.

—¡Giovanni! Sei? ¿Eres tú?
—Sì, sono. ¡Salvatore!

No entendí casi nada, pero después supe que hablaban en italiano. Se abrazaron y continuaron hablando un poco más en aquella lengua desconocida para mí.

—Mira, Salvatore, te presento al esposo de mi prima Spomenka, Ladislav —dijo Radovan después ya en eslavo—. Hoy tenemos un invitado especial, así que no me lo atosiguéis.
—¿Cómo puedes ser algunas veces tan egoísta? —dijo el italiano.
—Por cierto, necesito cambiarme cuanto antes. Me he calado hasta los huesos.
—Cada vez tienes mejor gusto, Giovanni. ¡Qué suerte tienes! —dijo mirándome de arriba abajo—. Habéis llegado justo a tiempo para el carnaval.
—Pero, ¿a qué lugar me has traído? —le dije en voz baja a Radovan cuando nos dirigimos hacia el interior de la casa—. ¿Tu amigo es… como tú?

Estaba atrapado y empecé a sentirme intranquilo ante la idea de estar rodeado de invertidos y afeminados. Pasamos por un largo pasillo lleno de máscaras de colores y rombos, y también cuadros de Venecia. En ellos había calles llenas de agua con pequeños barcos en su interior. No eran como la pequeña balsa en la que mis padres me habían paseado por el mar cuando aún conservaban la memoria, pero por un momento recordé aquellos días felices. Ahora me encontraba lejos de mi casa y acompañado del nefasto Radovan. ¿Giovanni? ¿Salvatore lo había llamado Giovanni? Pero cuando accedimos a un gran salón, rápidamente me calmé. Había varios hombres disfrazados de arlequín como Salvatore, pero también mujeres con elegantes vestidos. Respiré, notando cómo el cuerpo se destensaba. Todos portaban máscaras que ocultaban la parte superior del rostro. La música de un gramófono fue lo único que oímos cuando todos guardaron silencio poco después de que repararan en nuestra presencia.

—¿Quién es toda esta gente? —dije en voz baja un poco abrumado al percibir que éramos el centro de las miradas.
—No te separes de mí en ningún momento, ¿me has oído? —dijo Radovan cerca de mi oído antes de saludar al resto de invitados.
—¿Por qué?

Aquello me inquietó. Quería irme de allí y volver al hotel. Sin embargo, Radovan había sido tajante y yo no deseaba que Spomenka supiera nada. No quería ni imaginar qué sucedería si se enteraba.



No tardamos en ser abordados por algunos invitados. Preguntaban por Fabien y otros nombres que imaginé habían sido los amantes de Radovan. No quería saber nada de la vida privada del invertido ni de la suerte del francés borracho. Pero, por otro lado, dejar de ser el centro de atención mientras todos hablaban con el primo de Spomenka me permitía estudiar las mujeres enmascaradas que se acercaban. Figuras misteriosas que lo único que hacían eran despertar mi curiosidad masculina. Aunque Radovan me había amenazado, mi cuerpo había vuelto a recuperar el deseo de conocer a una nueva mujer, pasar una noche junto a ella y olvidar mi nula vida matrimonial. Sus cuerpos, perfumados, me rodeaban y más tarde comprendí que Radovan era la excusa para conocerme, pues poco a poco la conversación derivó hacia quién era yo.

—Giovanni, ¿no vas a presentarnos a tu compañero? —dijo uno de los invitados.
—Seguro que no lo volveremos a ver —dijo Salvatore—. Veni, vidi, vici como dijo Julio César. Vine, vi, vencí. Pues así es nuestro amigo Giovanni cada vez que nos visita con un nuevo compañero. Cada vez más apuesto, todo sea dicho.

¿Hablaban de mí como el amante de Radovan? Aquello me indignó y quise golpear al primo de Spomenka. Pero no podía hacerlo ahora. Tal vez me había llevado hasta allí para mostrarme sus sucias inclinaciones. No ignoraba que quería seducirme y que estar lejos de casa le daba la oportunidad ideal para mostrarse tal como era, sobre todo en aquel lugar donde comencé a adivinar que había más invertidos como él. Por todo ello, mientras Radovan perdía el tiempo con Salvatore y otros invitados, reparé en las mujeres que me miraban desde sus enigmáticas máscaras de colores. Yo estaba totalmente excitado. Las imaginaba desnudas junto a mí, besándonos.

—Tome, Ladislav —dijo el italiano entregándome una copa de champán.
—Lo siento, no debo beber más por esta noche. El médico me lo ha desaconsejado…

Todos se rieron de mí y me sentí ridículo. ¿Cómo iba a demostrar que era un adulto si no podía beber alcohol?

—¿Quiere un vasito de leche? —dijo Salvatore antes de estallar a carcajadas.
—Bebe, Ladislav. No me seas ingenuo —dijo Radovan.

No quería caer otra vez enfermo. Aunque el Doctor Kovac había averiguado la causa, los síntomas seguían siendo los mismos. Pero, por otro lado, odiaba la idea de que todos viesen en mí a un niño. Estaba cansado de las burlas, de las bromas, de no ser tomado en serio, de que mis sentimientos no contasen para nada.

—Está bien…
—Voy a cambiarme de ropa —dijo Radovan—. Aguarda aquí.

Entonces, intentó acercarse a mí, pero mi reacción fue retroceder para esquivar su movimiento. Aquello divirtió a nuestro público, congregado en torno a nosotros, y molestó al primo de Spomenka.

—¡Vaya! Sí que es tímido tu amante, Giovanni.
—No. Él no es mi amante.

Nunca había hablado tan en serio delante de desconocidos. Las risas no cesaban y en cierta forma me crecí.

—Tonto, no es eso. He de decirte algo importante al oído —dijo Radovan.
—¡Dilo aquí! No tienes que susurrarme nada. Ya sabes mi opinión de ti.
—¡Tozudo y encarado! —decía Salvatore—. ¡Me encanta!
—¡Bah! Haz lo que quieras. Después no digas que no te lo advertí. Voy a cambiarme de ropa.

Radovan se fue y desapareció tras una puerta.

—Se le pasará el enfado, Ladislav —dijo Salvatore mientras me guiñaba un ojo.
—Me da igual si se enfada —dije apurando la copa por completo.

Fue entonces cuando una de las damas que nos había rodeado se acercó a mi oído. Su perfume era cautivador y quise saber qué rostro se ocultaba detrás de aquella máscara negra de bordados azules.

—¿Nos marchamos a una habitación? Me gustaría charlar en privado con un joven tan atractivo como usted.

Salvatore parecía complacido y no tuve que decir nada porque él se adelantó.

—No le diremos nada a Giovanni —dijo antes de guiñar otra vez el ojo—. Páselo bien con Rosabella. Es una mujer increíble.

Indeciso, tomé la mano que ella me ofrecía.

—No piense que soy descortés, pero no estoy seguro de si debo hacer esto…
—Será nuestro secreto.

Miré hacia la puerta cerrada por donde Radovan había entrado, pero no apareció. Rosabella me guio a través del salón mientras notaba las miradas clavándose en la espalda. A pesar de todo, no tardé mucho en imaginar cómo iba a ser el encuentro con aquella mujer misteriosa cuyo vestido negro se deslizaba delante de mis zapatos. Me consumía por el deseo. Solo tenía el recuerdo de mis escasas ocasiones con Spomenka y me había convencido finalmente de que no había sido placentero para ella: la sangre sobre mis rodillas, su gesto de dolor, sus senos fríos, su mirada perdida en el techo. Aunque yo había alcanzado el éxtasis entre los espasmos de mi cuerpo y ahora esperaba un hijo, quería conocer cómo era el arrebato que poseía a una mujer bajo el joven cuerpo de un hombre. Si bien nadie ni nada me lo había confirmado, pensé que las mujeres de aquella casa eran prostitutas. Me convencí de ello nada más cerrar la puerta de la estancia donde entré con Rosabella. Su seguridad, sus movimientos me rebelaban que aquello no era nuevo para ella. La certeza de que debía ser mucho más experimentada en los temas del placer que Spomenka me erizaba la piel y noté bajo el pantalón una fuerte presión. No quería decirle que era un ignorante, pues mi experiencia se reducía a varios episodios angustiosos en los que terminaba eyaculando al pensar en otra mujer que no era mi esposa. Una señorita como Rosabella habría conocido a muchos hombres y yo no deseaba ser el más inepto de todos. 


viernes, 10 de febrero de 2017

La noche del cisne | Capítulo 11~

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En este segundo libro de la serie Memorias desde el claroscuro la autora, Eleanor Cielo, me ha vuelto a encandilar con su elegante prosa. La historia está narrada a través de la mirada del protagonista, Ladislav Dragovic, un personaje que ya apareció en el primer libro de esta maravillosa serie, y que, personalmente, sentí la necesidad de conocer a fondo su vida. Tengo que decir que esta historia ha superado, con creces, todas mis espectativas.
Recomendada cien por cien. Os envolverá irremediablemente y no podréis parar de leer.

Tienes la obra en Amazon en formato digital y también físico o tapa blanda. En la misma página puedes acceder a las primeras páginas de la novela donde pone Echa un vistazo, justo encima de la portada.

El capítulo de hoy está más abajo 😚




Mañana, más. Feliz viernes!


Con cariño, 
Eleanor Cielo💙


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Recuerda que es una obra registrada y tiene todos los derechos reservados.







11. Entre distancias

—¡Spomenka…! —dije cuando la puerta se abrió y apareció con lágrimas en los ojos.

Nos abrazamos como si hiciera siglos que no nos veíamos, preso de unas terribles ganas de llorar. El Doctor Kovac había concluido que el alcohol había afectado a mi hígado y que debía suprimir o reducir su consumo si no quería tener más problemas en el futuro. Aunque le había explicado que lo consumía de vez en cuando, el médico aseguró que no importaba pues la constitución de mi cuerpo era débil ante la ingesta de licores y demás alcoholes. Antes de que el doctor me revelase el diagnóstico final, le había terminado por confesar que aquella misma noche había fumado grandes cantidades de opio. Sin embargo, alegó que aquellos síntomas no estaban vinculados a dicha sustancia, pero que había sido el detonante de que mi cuerpo se colapsara.

—¡No sabes cuánto te he extrañado, esposa mía! Por favor, no me abandones nunca más, Spomenka…

Seguía abrazándola, incapaz de creer que era ella, que todo había terminado.

—Lo siento, Ladislav —dijo la mujer—. No sabíamos qué enfermedad tenías... Tu piel se había vuelto amarillenta y no parabas de delirar... Tenías muchísima fiebre. El Doctor Kovac pensó en un momento que podía ser contagiosa y optó por desaconsejarnos entrar a verte. Tuvimos que marcharnos a la casa de mi padre. Estábamos muy preocupados…

Spomenka se limpió las lágrimas con el pañuelo que extrajo de la manga y volví a abrazarla. Aquella misma tarde, recibí la visita de Vesna. Recuerdo que me sorprendió verla en mi casa, sin la compañía de Eugen, y también que su luz, lejos de seguir brillando, se apagaba cada día más y más. Sentí cierta tristeza. ¿Es que no era feliz?

—No hemos tenido ocasión de hablar desde que me casé, Ladislav —dijo con tono casi melancólico—. Durante todo este tiempo, las cosas han sucedido tan deprisa que apenas he sido consciente de cada una de ellas.

Vesna hizo una pausa. De pronto, su rostro se ensombreció.

—Hace dos semanas volví a perder al hijo que estaba esperando —dijo limpiándose los ojos de lágrimas—. Eugen me culpa… Bueno, no me lo dice de esa manera, pero sé que en el fondo lo hace, Ladislav. ¿Qué hombre no quiere ser padre? ¿Qué hombre puede amar a una mujer que no consigue darle hijos, descendencia?
—No creo que Eugen piense eso de ti y tampoco que vaya a dejar de amarte solo porque no puedas tener hijos —dije para animarla—. No he tenido muchas oportunidades de hablar con tu esposo, pero apuesto a que siente verdadera devoción por ti…

Yo no hablaba realmente de Eugen sino de mí.

—¡Ah, Ladislav! No lo comprendes… —dijo dejando de llorar para luego sonreír de forma amarga.
—¿Qué quieres decir?
—Aún sigues pensando como un niño. Nada sabes del mundo de los adultos.

Las palabras de Vesna eran como colmillos que descuartizaban mi corazón. Mi prima no era consciente del daño que me hacían, de cómo su menosprecio era el arma con la que nos distanciábamos cada día que pasaba. En aquel momento, fue muy difícil creer que ella había sido la artífice principal de la felicidad de la que había disfrutado hasta la aparición de sus detestables primos. Por un instante, vislumbré parte de Eugen y Radovan en su confesión. Era como si ellos hablasen a través de su boca.

—Entonces, ¿para qué has venido hasta mí si sigues considerando que soy un inmaduro? —dije levantando la voz—. ¿Es que no tienes a nadie más? ¿O es que te sientes tan terriblemente sola que el único que podría soportarte es un niño?

Notaba toda la ira acumulada en aquellos años. La odiaba. Quería odiar a Vesna.

—¡Eres una egoísta! ¿Acaso has considerado alguna vez mis sentimientos? ¿O tan solo te importan los tuyos?

Me levanté del sillón y señalé la puerta.

—¿Sabes una cosa? Quiero que te vayas, que te vayas con Eugen, que le cuentes a él tus problemas y que no te atrevas a venir a mi casa para decir que soy un inmaduro. ¡Vete con tus odiosas hadas a otra parte!
—P-Pero, ¡Ladislav…! Jamás te había oído hablar así…
—Pues acostúmbrate. ¡No soy ningún niño! —dije mirándole muy serio.

Vesna sonrió. Yo no entendía nada.

—¿Y ahora por qué sonríes? ¿No te sentías antes triste y miserable por no ser madre…? —dije antes de arrepentirme por la crueldad de mis palabras.

Pero ella ni se inmutó. Se acercó a mí y me tomó de la mano. Aquello me confundió por completo.

—Si algo me consuela en este mundo es que, pase lo que pase, siempre serás mi primo más amado —dijo mientras me tomaba de la otra mano.
—¿Qué quieres, Vesna? Aún no sé por qué estás aquí…

La odiaba. La amaba. La odiaba. La amaba. Iba a volverme loco porque mi corazón no iba a poder soportarlo durante mucho más tiempo.

—Dime, si me hubiera casado contigo y no hubiese podido tener hijos, ¿te habrías arrepentido?
—No —dije inmediatamente—. Sabes que nada hubiera cambiado lo que sentía por ti.

Vi una sonrisa sobre su rostro y creí ver a la Vesna que había conocido durante la niñez. Aquella muchacha que me había enseñado a amar mis días, nuestra sola existencia. La misma que solo sabía sacar lo mejor de mí.

—Pero eso nunca lo sabremos porque tú decidiste casarte con Eugen y yo con Spomenka —dije con cierto rencor.
—Es cierto. Nunca lo sabremos.

Permanecimos en silencio y me acarició el rostro como si fuese nuestra despedida. La que, años atrás, no habíamos podido consumar.

—Tú nunca tendrás las dudas de Eugen.
—¿Qué quieres decir?
—Spomenka espera un hijo tuyo.



Mi esposa se apartó del abrazo que nos dimos para señalarse el vientre. Yo había corrido hasta el salón para confirmar si lo que Vesna había dicho era cierto. ¿Iba a ser …padre?

—En menos de nueve meses nacerá nuestro hijo. ¿Estás contento?

La alcé entre mis brazos para después besar sus mejillas. ¡La vida volvía a ser maravillosa! Recuerdo que sentí como si mi corazón hubiese doblado su tamaño pues sentía los latidos incluso en las sienes y en la nuca. Mis lágrimas se tropezaban sin darme cuenta.

—Estate quieto, tonto —dijo al tiempo que rompíamos a reír de alegría—. ¡Ah, Vesna estropeó la sorpresa! Yo quería decírtelo personalmente. Tener plena certeza de que era así.

Mi prima se había marchado sin despedirse. Yo había salido disparado en busca de Spomenka tras oír que iba a ser padre.

—¡Pobre Vesna! Eugen también lo está pasando muy mal. La próxima semana irán a Viena a un gran especialista. Ya no saben qué hacer…

No dejaba de ser paradójico. Iba a ser padre gracias a Spomenka. Si me hubiese casado con Vesna, quizá nunca conseguiría saber cómo era, qué se sentía. Era la primera vez que me alegraba de que las cosas no hubieran sucedido como me hubiera gustado, como había escrito en mi viejo diario a tan corta edad.

—¿Puedo poner la cabeza sobre el vientre? —dije entusiasmado.

Ella lanzó una espontánea carcajada.

—¡Ay, Ladislav! Aún es demasiado pronto. Nuestro hijo solo tiene algo más de un mes.
—No lo sabía —dije mordiéndome los labios.
—Pero no te avergüences, mi pequeño Ladislav. Eres un varón y los varones no saben de estas cosas ni se interesan por ellas.
—Pero prométeme que si hay cualquier problema me lo dirás —dije mientras besaba sus manos.
—Está bien. De todos modos, no tienes que preocuparte demasiado. Katarina va a ayudarme durante el embarazo. Y he pensado que lo mejor será que durmamos en habitaciones separadas…
—Pero, ¿por qué? Somos recién casados…
—Y así es, Ladislav —dijo ella antes de darme un beso en los labios—. Pero ahora lo más importante es nuestro futuro hijo. ¿Sabes? Tengo mucho miedo de que me suceda lo mismo que a Vesna…
—Pero Iskra ha sido madre… ¿Por qué ibas a perder…?
—¡Deja de llevarme la contraria, por favor!

Spomenka parecía hablar muy en serio y su actitud me acobardó.

—¡Tú no sabes nada sobre estar embarazada! No sabes nada sobre el calvario que ha vivido Vesna ni la has oído llorar como yo lo he hecho —dijo casi a punto de emocionarse—. Mi hermana nunca podrá tener hijos, Ladislav, y por mucho que mi familia, Eugen y yo intentamos animarla; ella sigue llorando cada aborto como si hubiese tenido a esas criaturas en su regazo, como si de verdad hubiera visto fallecer a sus hijos, uno detrás de otro sin poder hacer nada para evitarlo.

Por un momento fugaz, imaginé a Vesna meciendo una cuna vacía al tiempo que hablaba sola, con la mirada perdida. ¿Lograría comprender algún día su desolación?

—Ladislav, lo siento muchísimo, ¿de acuerdo? —dijo ya más calmada mientras besaba mis mejillas—. Solo deseo que todo salga bien. No quiero que tengamos que arrepentirnos. ¿Lo comprendes? Estoy muy asustada y, aunque quizá esté exagerando con todo esto, necesito tu apoyo más que nunca, amor mío.
—Tienes razón.

Sin embargo, mi relación con Spomenka durante los casi nueve meses que siguieron se fue deteriorando lentamente. El transcurso de los días vendría a constatar que mi matrimonio no me hacía feliz. Había días que apenas nos veíamos varios minutos. Nuestros horarios no coincidían y ni siquiera para desayunar o almorzar nuestros rostros se cruzaban. Darija me contaba que la Señora Dragovic se pasaba los días y las noches en compañía de la Señorita Vlasic, que siempre estaban juntas hablando del Antiguo Egipto o en el conservatorio. Fue durante aquella época cuando empecé a refugiarme en la administración de nuestra maltrecha fortuna. Había perdido grandes cantidades de dinero en inversiones catastróficas y continuaba sumido en una espiral de caos financiero que parecía no tener fin. A partir de entonces, comencé a pasar casi todo el día y parte de la noche encerrado en el despacho. Prescindí de toda ayuda de mi tío Patrick, pues no quería que nadie de mi familia estuviese al corriente de la situación financiera de Nueva Alejandría. Por ello, consulté a varios agentes e inversores para que mi hijo no tuviese que verse en la obligación de renunciar a su vida como les había sucedido a mis dos hermanos. Aquello no iba a pasar y me juré que haría montañas de dinero para asegurar que Spomenka y mi futuro vástago vivieran sin preocupaciones. Como mi vida matrimonial era inexistente, comencé a realizar pequeños viajes de negocios alrededor del país, sobre todo a la capital, Zadar. Tenía ya casi veinte años. Como todo joven sano, rebosaba de un enorme deseo por mantener relaciones de tipo sexual. Y he de confesar que no era tanta mi voluntad espiritual como la física la que me empujaba a hacer ciertas cosas que nunca creí acabaría realizando. Al principio me prohibí tajantemente buscar el placer fuera del cuerpo de Spomenka. Aunque solo habíamos estado juntos varias veces, estuve convencido de que lograría resistir la falta de caricias, de besos y de encuentros amorosos. Pero cuando empecé a viajar por todo el país, la oportunidad de conocer a otras mujeres se multiplicó de forma considerable. Yo había crecido en Nueva Alejandría y, en mi corta vida, no había ido más lejos de Dubrovnik (con el embarazo de Spomenka, habíamos aplazado indefinidamente la luna de miel). Por todo ello, descubrir que existían otros mundos y también otras mujeres que no eran mis primas eclipsaría muy rápido a la burbuja en la que me había criado junto a Spomenka, Vesna e Iskra. Fue en Zadar donde por vez primera tuve la oportunidad de entrar en un prostíbulo. Iba acompañado de otros socios con los que más tarde crearía una firma propia destinada a gestionar las acciones del acero. Me habían animado a solicitar los servicios de aquellas mujeres cuando, entre botellas de alcohol y cigarrillos, me sonsacaron que Spomenka y yo no estábamos en nuestro mejor momento.

—Estoy demasiado cansado. Me voy al hotel —dije para no tener que acompañarlos.

No quería romper la confianza que mi esposa había depositado en mí. Aunque las cosas se habían torcido, aún tenía esperanzas de que el hijo que esperábamos uniría aquellos largos meses que nos habían lanzado lejos el uno del otro.

—¡Vamos, Ladislav! Tu esposa debe entenderlo… Si no te da lo que quieres, lo buscarás fuera.
—Te aseguro que después de hoy, te alegrarás de que Spomenka no quiera dormir contigo…
—¡Fíjate que empiezo a envidiarte!

Los tres compañeros se reían mientras no dejaba de sentirme como un auténtico idiota.

—Esta corre de mi cuenta. Elige la que quieras que yo te invito.
—Vamos, Ladislav. ¡Decídete, que no tenemos toda la noche!

Estaba dividido. Mi cabeza me decía que debía serle fiel a Spomenka, que si de verdad la estimaba no entraría en aquel lugar. Sabía que aquello no estaba bien. Yo había amado a mis primas desde muy pronto y dar aquel paso irreversible suponía traicionarlas. Pensar en ello me inquietaba. Pero, por otro lado, Iskra y Vesna me habían apartado de sus vidas como si fuese un viejo calcetín en momentos en que solo quise protegerlas y velar por su bien. Spomenka, aunque no me había rechazado de forma definitiva, también había actuado sin considerar mis sentimientos. Incluso nuestro futuro hijo parecía ser lo único que le importaba. Ingenuamente, había creado mi realidad en torno a ellas cuando ninguna de las tres había hecho lo mismo. Despechado, las culpaba desde el fondo de mi corazón. Tenía que cortar para siempre el cordón umbilical que me unía a ellas o de lo contrario nunca sería feliz.

—Está bien. Entremos —dije por fin.
—Eso es, Ladislav. ¡Deja de someterte a Spomenka! ¿Qué sabrá ella por lo que estás pasando? Las esposas deben mantenerse al margen.

Iba a entrar detrás de mis compañeros cuando alguien me agarró del cuello y caí contra el suelo.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

Era Radovan. Yo no salía de mi asombro y fui incapaz de levantarme.

—¿Qué haces tú aquí?
—Te vi a lo lejos y no podía creerlo. Pero cuando me acerqué, no tuve duda alguna. ¿Así respetas a mi prima? ¿Pagando por una furcia que no le llega ni al talón?
—¡No te consiento que hables así! —dije antes de levantarme y empujarlo con violencia contra la pared.

Mi rabia, lejos de desaparecer, se había multiplicado con la presencia del ser que más odiaba sobre la faz de la tierra.

—¡Quieto, Ladislav! No me obligues a usar la fuerza —dijo muy serio.
—¿Qué vas a hacerme? Esta noche no tengo tiempo para tus tonterías. ¡Vete y déjame en paz!

Radovan intentaba intimidarme con sus ojos de diferentes colores, pero no lo iba a conseguir. La ira me cegaba y era la mejor vacuna contra sus artimañas. Quería darle un buen puñetazo. Pero al final, hizo un rápido movimiento y me tiró al suelo.

—Olvidas que soy más listo que tú, tonto.